Lhasa es la ciudad sagrada y el centro espiritual del mundo tibetano y tal vez, incluso, la auténtica ¨Ciudad Prohibida¨. En 1950, cuando el Ejército Popular Chino invadió Lhasa, la ciudad desapareció del panorama mundial. Sin embargo, la mística Shangri-La no se pudo acallar para siempre. A partir de la década de 1980, el Gobierno chino, seguramente cansado de tanto extranjero llamando a las puertas, finalmente abrió Tíbet a los extranjeros.
Y cuando empezaron a llegar los viajeros, tras pagar diligentemente los impuestos al Gobierno chino por el privilegio, descubrieron que aquella utopía se había convertido en un montaje han. La ciudad moderna había engullido a la antigua: bares de karaoke y burdeles se alzaban junto a los templos, el arroz había sustituido a la tasmpa, se habían abierto anchas avenidas junto a recintos sagrados y los taxistas no hablaban tibetano.
Pero esto esta sólo el principio. Con la llegada del ferrocarril Qinghai-Tíbet, Lhasa experimentará lo que ya ha vivido el resto de China: décadas de desarrollismo comprimidas en unos pocos años de cambio frenético. Esta ciudad emplazada en el centro de una tierra mítica por su aislamiento tendrá que vérselas con la avalancha turística que se avecina.
El clima tibetano no es tan duro como parece. El mejor período para visitar la zona es de abril a noviembre, mes a partir del cual las temperaturas empiezan a descender. La parte central, que incluye Lhasa, Gyantse y Tsedang, por lo general tiene un clima relativamente benigno, aunque julio y agosto suelen ser meses lluviosos, acumulando el 50% de la precipitación anual. En octubre y noviembre los días suelen ser muy claros, con temperaturas moderadas en las zonas de menor altitud. Los meses más fríos son de diciembre a febrero, pero no es tan complicado como se cree visitar la zona en invierno, ya que nieva poco en los valles de menor altura, donde se encuentran las poblaciones más importantes.