Es imposible no dejarse arrastrar por la extraordinaria marea humana del Barkhor, que no es un monumentos, sino un kora que avanza en el sentido de las agujas del reloj alrededor del templo de Jokhang. Parece poseer una especie de gravedad mística y espiritual que atrae irremisiblemente a todo visitante que se acerque a menos de 50m , e incluso lo invita a repetir el circuito entero una vez más. A cada paso se pregonan objetos religiosos y fruslerías turísticas: banderas de oración, grabados con escrituras sagradas, joyas con turquesas, botas tibetanas, galletas nepalíes, mantequila de yak e incienso de enebro, y montones de camisetas de yaks y de Tíbet. Hay que regatear.
Los viajeros tibetanos que lleguan hasta aquí, muchos de ellos peregrinos, cautivan al extrajero. Los khambas llegados de oriente se distinguen por el pelo trenzado con hilos y sus espadas o dagas ornamentadas; los nómadas golok del nordeste visten harapientas pieles de oveja y sus mujeres exhiben trenzas adornadas y tocados de coral.